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PREGÓN 2010, A CARGO DE D. FERNANDO RABANAL CALLE, SUPERIOR PROVINCIAL DE LOS PADRES PASIONISTAS


Pregón de Semana Santa

Daimiel, 27 de Marzo de 2010 Fernando Rabanal Calle, cp.

 

Pasión por Daimiel.


La Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones y en el corazón de nuestro pueblo.
Quiero devolver toda mi gratitud y aprecio a D. Jesús García Consuegra, por la cortesía de su presentación. Gracias por tus palabras y el afecto que has volcado no sólo hacia mí, sino sobre todo, a mis hermanos pasionistas. Me honras como honras a este pueblo con tu estilo y trabajo impecable al servicio del canto y de la música.
Excmo. Sr. Alcalde y Autoridades. Ilmo. Sr. Presidente de la Junta de Hermandades y Cofradías. Rvdmos. Párrocos, Consiliarios y Sacerdotes. Hermanos Mayores de cada Hermandad. Sras. y Sres. Cofrades, Hermanos y Amigos todos.
En este balcón desde el que Dios habla cada día, reconozco mi insignificancia y pequeñez ante quienes albergáis una rica experiencia cristiana entre los pliegues de vuestras túnicas coloristas de cofrades.
Este atril resguarda la Palabra divina liberadora. Desde él se proclama la Buena Noticia de la salvación para todo el pueblo. No existe púlpito de más asombrosa transfiguración para descubrir y contemplar el reflejo de esta hermosa ciudad daimieleña, que desde Las Tablas al cielo se alza engalanada como una novia bellísima para recibir a su Amado. Desde este mirador, ¡qué guapa te veo, Daimiel! Ataviada con la mantilla bien bordada de tu tradición, el encaje de tus costumbres añejas, y con las valiosas joyas de tu fe, esta primavera, la doncella ciudad, se ha revestido de un hontanar rebosante de agua y vida, capricho embelesado de un vibrante pregón pascual en su paisaje. No es la luna llena lo que nos admira, sino la tierra llena de lozanía, frescura, agua y vida que rezuma sentido bautismal, verdadera imagen pascual.
El semblante de tu cara, la figura de tu entorno más natural es un canto de transformación, un verdadero pregón de toda la creación. Pregón de alegría desbordante. La retama, la fauna, las flores, el agua, todo tu cuerpo exulta y rebosa vida pascual.
El Amado vuelve a ti como eterna primavera. Como novia exuberante, Daimiel, te lleva del brazo. Te rodea la cintura para subir a la cruz. Te levanta entre sus brazos para ascender a la gloria. Te estrecha en su pecho traspasado, pozo inagotable de vida y cariño hacia ti, pueblo dulce y entrañable, donde siempre podrás beber las delicias de su amor.
Déjame, ciudad amada, junto a todos mis hermanos de Congregación a través de la historia, declararte toda mi admiración y ternura que de ti hemos recibido y compartido. Y con inmenso agradecimiento, susurrarte al oído, ese compromiso imborrable de amor y fidelidad, con el que un grupo de intrépidos compañeros te ha inmortalizado en el esplendor más alto y luminoso de Bernini.

La gloria de este pueblo alzó su vuelo, entre alas de jóvenes palomas, surcan de paz el aire sus aromas, y eternizan Daimiel siempre en el cielo.
Caricia, abrazo, un beso traigo entero, que exhalo entre tus labios y tu aliento, Y en mi alma pasionista siento el rezo y un feliz, Daimiel, te quiero.
Soy voz, tú la palabra, Daimiel. Yo lámpara, con Cristo, tú la luz.

Pero también desde este ambón escucho el eco de un antiguo y siempre novedoso pregón: Vosotros, pueblo recio, tensado de cruz y gloria, educado en la escuela de la Pasión. Vosotros sois los verdaderos pregoneros de la Pascua. Los heraldos de la transmisión más sensible de esta Semana Santa. Antes de llegar a este acto, en este sagrado Templo, ¿no cargáis en vuestras espaldas horas de trabajo, desplazamientos, paciencia y reuniones varias? Incluso, ¿no habéis rezado también aquí o en cualquier otro lugar?... ¿Y, no es eso también pregonar?
A todos os convoco a celebrar la Pasión de Cristo, su muerte y resurrección. Abrir paso, en cada “paso” que sacamos en nuestras procesiones, a los marginados, desesperanzados, a quienes sangran hoy en su rostro, como ese rostro divino al que miramos.
Con ilusión y entusiasmo os llamo a vivir la Pascua.
Con gozoso regocijo os anuncio la gran alegría de nuestra liberación.
Que las bandas y corales interpreten la música de nuestras marchas, toquen las trompetas la salvación y el silencio nos sumerja en la hondura del Misterio. Alégrese el cofrade. Pero que el júbilo invada, sobretodo, al pobre y al más necesitado, al enfermo incurable, quien sufre postergado en un continuo dolor. Que alcance esta alegría a quien es de otra cultura o religión, al agnóstico, al alejado, al divorciado, a la mujer maltratada, a quien se siente discriminado por cualquier causa o condenado. Sí, a todos ellos Dios les acoge, les ama y da su vida en la cruz. Exulte nuestra Iglesia y nuestro pueblo, porque es la Pascua de nuestra liberación. Y juntos marcharemos peregrinos de la cruz y de la gloria.


¡A la Pascua, Daimieleños!

¡A la Pascua, Daimieleños! Que está la Pascua rendida, y en la cruz de esos dos leños la gloria ya florecida.

¡A la Pascua, Daimieleños! Se abre con “La Borriquilla”, la primera procesión. Será la gente chiquilla quien cante el primer pregón.

¡A la Pascua, Daimieleños! Entre música y campanas, palmas y olivos en mano, entra, por vivas y hosannas, la Pascua a lomos de un asno.

¡A la Pascua, Daimieleños! Nos convoca el Nazareno, quien deja su altar y ermita y en la cruz, ¿no le estáis viendo?, a la Pascua nos invita al ver el rayo primero.

¡A la Pascua, Daimieleños! Que Dios sale con su talle, cruza el asfalto en la calle y aparcase en nuestros sueños.

¡A la Pascua, Daimieleños! No será Semana Santa, si Daimiel no une sus manos y con su amor no levanta de la cruz a los hermanos, que su penar desencanta.


¡A la Pascua, Daimieleños! ¡Todo el pueblo es costalero! ¡A la Pascua, pues, Daimiel! Que me emociona y conmueve el ver cómo ese Dios muere y nos abraza y envuelve en su misterio de fe.

¡A la Pascua va Daimiel! Como única cofradía. ¡A la Pascua, a la Pascua! ¡Con María!

 

La Pasión de Cristo, la obra más grande de amor.
La Pasión de Jesús es el centro de su vida y el corazón de nuestra Iglesia, de nuestra fe. Cristo muere por nuestros pecados. (1Cor. 15,3). Esta afirmación parece verdadera pero no completa. Pues nos podemos preguntar: ¿Por qué muere por nuestros pecados? Y la respuesta completa, verdadera y gozosa es porque nos amaba. Porque nos amó y basta. Es el amor de Dios totalmente gratuito. Pura gratuidad. Es el único amor en el mundo real y totalmente gratuito que nada pide para sí, (¡ya lo tiene todo!), sino que sólo da, o mejor, se da. “Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef. 5,2) “Me amó hasta entregarse por mi” (Gal. 2,20).
Jesús sufre y muere libremente por amor, no por casualidad ni por necesidad u otras fuerzas ocultas o meras razones históricas. Es el amor. Amor que hunde sus raíces en la eternidad. “Él nos eligió antes ce crear el mundo” (Ef. 1,4). El Dios de los filósofos es un Dios al que amar, no un Dios que ama y ama primero. Jesús no nos habla simplemente del amor de Dios, sino que Él es el amor de Dios, porque Dios es Amor (1ªJn.4,8.) y lo hace desde nuestra carne, desde nuestra humanidad. De esta admiración de la humanidad de Cristo, en su amor y en su sufrimiento, surgen también nuestras cofradías.
Para saber cuánto nos ama Dios, tenemos un medio sencillo y seguro: ¡ver cuánto ha sufrido!. No sólo en su cuerpo, sino en su espíritu. Porque la verdadera Pasión de Jesús es la que no se ve, la que le hizo exclamar en Getsemaní: “me muero de tristeza” (Mc.14, 34). Jesús muere en su corazón antes que en su cuerpo ¿Quién podrá comprender el misterioso abandono, la tristeza, la angustia de Cristo al sentirse convertido en pecado, siendo el más santo, el Hijo mismo de Dios? Ese sufrimiento, signo de su amor, es tan decisivo que el mismo Jesús ha querido conservar celosamente las señales de su Pasión, sus heridas, sus llagas en su cuerpo glorioso y resucitado. Se siente orgulloso de ellas porque son pruebas permanentes e imborrables del sufrimiento y de su amor por nosotros.
Ese amor permanece en nosotros ahora con toda su expresión y fuerza, por el Espíritu Santo: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom. 5,5). El agua que brotó de su costado junto con su sangre es símbolo del Espíritu Santo “En esto conocemos que permanecemos en Él y Él en nosotros, en que nos ha dado en su Espíritu” (1Jn. 4,13). Jesús nos ha dado todo su amor y “Vive por el espíritu” (1Pe. 3,18).
Contemplando tanto amor, ¿Qué tenemos que hacer nosotros, nuestros cofrades y hermandades? Responderemos que amarle a Él y a los demás de la misma manera. Cierto. Pero esto es consecuencia. ¿Qué hemos de hacer primero?. Creer en el amor de Dios. “Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (1Jn. 4,16). Por tanto, la FE. Una fe especial. Una fe de admiración y de asombro. Una fe incrédula (¡qué paradojas!). Es la fe que no puede comprender claramente lo que cree, nunca podrá entender tanto amor aunque lo cree. Muchos afirman perder su fe a causa del dolor de tantos inocentes en el mundo. Más no es la imposibilidad de explicar el dolor lo que hace perder la fe, sino la pérdida de la fe lo que hace inexplicable el dolor.
¿Creemos nosotros que Dios nos ama de esta manera hasta el extremo?. Si lo creyésemos, nuestra vida, los acontecimientos, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Sentiríamos, como el buen ladrón de la cruz, que hoy mismo estaríamos con Él en el paraíso, pues el paraíso no es más que eso: gozar del amor de Dios. Esta pascua, de nuevo, Dios se quita el manto y se arrodilla ante ti, para lavarte los pies, servirte como un esclavo. ¿Me sobra o estorba algo de lo que necesito desprenderme? ¿Seré capaz de arrodillarme ante los demás y lavar los pies con el agua de la solidaridad y el servicio?
En nuestro mundo, entre nosotros incluso, existen demasiadas traiciones, decepciones, rupturas, odios, enfrentamientos y descalificaciones sistemáticas. Difícil creer así en el amor de Dios, más aún, en ningún amor. Incluso gente de nuestra propia familia o de nuestro entorno pueda sentirse renegado, porque haya olvidado a Dios, esté apartado de la fe o se sienta indigno de volver a él. Puedo pasar de Dios o negar a Dios y rechazarle. Pero Él nunca me va a ignorar. Ahí, en su Cruz muere por mí y me llama “Amigo.” Me abre su amistad incondicional. Hasta el mismo Dios nos dice en su palabra: “En caso de que nos traicione nuestra conciencia, Dios es mayor que nuestra conciencia” (1Jn. 3,20).
No basta con hablar de esto al mundo. “Os he dado ejemplo” (Jn. 13,15). “También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros” (Jn.13, 14). Jesús nos transmite una herencia de amor, servicio y testimonio totalmente necesaria si queremos conservar su espíritu, amistad y presencia. El cristianismo es la religión del amor, del perdón o si no es pura literatura. Pero esta fe, este amor y perdón es impulso del Espíritu Santo en nosotros.
Sin ese Espíritu del Crucificado, proseguiremos en el daño de la creación, exprimiremos al hombre e intentaremos excluir a Dios. Encarnaremos la prolongación histórica de ese pueblo obstinado y engreído empeñados en sostener el eco del mismo grito: “¡Crucifícale, crucifícale!”. Mientras Cristo en la Cruz, exhausto y sin apenas aliento, balbucea, justo lo contrario: “¡Padre, perdónales, continúan sin idea de lo que hacen!”.
¿Qué otra cosa, sino a ese Dios amor vamos a contemplar en el crucificado?. Buscamos su rostro nazareno, liberador. Ahí va Dios atravesado de un amor vertical que apunta al cielo y un amor horizontal que nos abre a todos la relación de un mundo nuevo. La cruz, la vía de la cruz es la vía que cruza la existencia encerrada solamente en mi propio “yo” para abrirme proyección a la alegría verdadera.
La Pasión de Jesús no nos llama solamente a la devoción ni a la procesión, sino a la conversión. Mete en nuestro pecho la vibración de tu amor para que podamos palpitar al ritmo de tu corazón.

 

A nuestro Padre Jesús Nazareno
En este pueblo hay “un Refugio”, una ventana, desde la cual siempre mira el Nazareno, lo mismo da la tarde o la mañana para ver acercarse un daimieleño.

La ermita, carmelita, de la Paz, es secreto escondido de oraciones, y es tu penitente y herida faz caricia para nuestros corazones.

¡Nuestro Padre Jesús! Mirada de Dios sufriente, la cruz dobla en su peso tu rodilla, mas no aparta tus ojos de mi frente, ni opaca el brillo divino en tu mejilla.

¡Nuestro Padre Jesús, cuánto dolor!... Injusticia, paro, cáncer, accidente, enfermedad, odio, inmigración, muerte,… ¿no lo has visto? “Que mi madre…Que mi esposa… Mi pobre hijo…” Pero,… ¡Haz algo Jesucristo! ¡Que no existe otra ventana, cuyo amor tras el cristal, consuelo y vida inmortal, asome para nuestra alma!

Cristo y María caminan por Daimiel.
Desde que Cristo muere por nosotros, Dios ya no es igual. Se ha hecho uno de los nuestros. La solidaridad de su humanidad hace que podamos tratar a Dios de “tú”. Su poder reside precisamente en su amor, en su rebajarse hasta nosotros, hasta la muerte y una muerte de cruz. Daimiel ha captado singularmente esa cercanía y proximidad de Dios. Las diversas denominaciones de Cristo asemejan esta Semana Santa de nuestro pueblo a un vivo Calvario. En distintas esquinas y horas encontraremos tu cara agonizante. Los daimieleños saben muy bien el Crucificado que se esconde en cada “paso” y los crucificados de hoy que se esconden en cada “traspaso”. Cada paso de Cristo, al igual que su pasión, no resulta solamente una mera evocación, sino que nos demanda la acción, conscientes de que cristiano no es sólo quien evoca lo que Cristo dijo, sino quien hace lo que Cristo hizo. El “pregón” que a todos nos convoca es tarea y misión, como nos ha solicitado el mismo Cristo.
No sólo cada Hermandad, sino todo Daimiel hemos de ser hoy “Simón de Cirene”, (por cierto, un africano trabajador,) o decididas “Verónicas”, para acompañar y sostener la cruz de tantas personas de nuestra propia ciudad.
Mirad, por el altillo, entrada la noche, brilla el Cristo de la Luz. Un Vía Crucis que atraviesa también todos los continentes y la historia. Todos, pero nuestra cofradía pasionista ha de ser luz desde la cruz. No podemos ser ni espectadores ni neutrales. Pilato, el intelectual escéptico, quiso ser neutral, quedarse al margen, pero realmente se colocó contra la verdad y la justicia. No olvidéis que la cruz es el camino de la misericordia que pone límite a las tinieblas y al mal.
“Venid a mí los cansados y agobiados y yo os consolaré.” Es la invitación en labios de ese Cristo del Consuelo, quien aparece por nuestras calles con su talla serena portada por su Hermandad. Cuánto consuelo necesitan nuestras familias, nuestros corazones. La tristeza, la depresión sangra en la mirada de muchos jóvenes y mayores. “Consolad, consolad a Daimiel, dice el Señor”. El cirio que porta cada hermano ha de arder todo el año para que abráis las puertas de nuestros hogares y encendáis la esperanza del Cristo del Consuelo.
La tarde del Jueves Santo hace de Daimiel un huerto de Getsemaní. Cuando el Señor nos entrega el mandamiento nuevo de su amor, la última cena, el servicio sacerdotal y nos ha lavado los pies, el Santísimo Cristo de la Columna, contagia entre las calles todo el peso y la tristeza mortal de esta noche de olivos, quizá la más dramática de toda la historia de la humanidad. La Virgen de la Amargura ronda sufriente esta noche. Imposible conciliar el sueño. “Los coloraos” ponen color de pasión en el trasiego de esta noche, en la que jamás brilló un amor mayor. A todos, pero a nuestra Cofradía, este Cristo atado y azotado de la Columna nos reclama una solicitud apremiante: Desatar, liberar a tantos jóvenes y mayores amarrados por la dependencia de la droga, el placer sin razón, el juego, el dinero, el consumismo y la corrupción. Este Cristo de la Columna es un grito de ¡basta ya! a todo tipo de violencia, que Él mismo descalifica y condena, para el devenir de la historia. Su mansedumbre en esa columna, cuestiona y desbarata el poder de la fuerza. En ninguna Hermandad, ni en la relación entre Cofradías, podremos justificar por motivo alguno, la rivalidad, el enfrentamiento o posiciones de poder. Eliminar los golpes, la violencia y agresividad de nuestras relaciones familiares, laborales, locales, internacionales, es un imperativo necesario, si creemos de verdad en la fuerza transformadora del mandamiento nuevo que hoy nos da. La paz, la paz es nuestro ideal. Ni el odio, la venganza o cualquier forma de terrorismo hemos de permitir que salpique nuestra convivencia y se instale en nuestra atmósfera vital. Queremos la paz. Vivimos la paz. Somos paz. Y a quienes no quieran ser paz les impelemos: ¡Dejadnos en paz!
La madrugada del Viernes Santo, tú, nuestro Padre Jesús Nazareno, caminas por nuestro pueblo para recoger y redimir todo el dolor de nuestra gente. En tu pulso y por tus venas palpitan el sufrimiento, las necesidades y las esperanzas de tantos y tantos daimieleños que te han confesado su plegaria y oración ferviente. Daimiel también tiene sed de ti, sangra contigo, siente tus clavos, y, en ocasiones, también se ve crucificada y abandonada contigo. Porque a esta ciudad nada tuyo le resulta ajeno. Los “morados” como grupo mayor de hermanos, nos compete también la mayor responsabilidad formativa y evangelizadora. Conocer a Jesucristo es el mandato recibido en esta noche. Podemos estar hoy con Jesús y el resto del año decirle como Pedro en su Pasión: “No le conozco, no se de qué me hablas”. “Si conocieras el don de Dios” nos dice Jesús. Los “morados” sentiros convocados, como racimos de pasión cada amanecer, para ser “nazarenos” del perdón, de la paz, de toda la vida y contenido de la Pasión en el ambiente y los rincones de nuestro pueblo, como una verdadera procesión ininterrumpida, de la misericordia de Jesús Nazareno. No olvidéis que en la Pasión de Cristo está todo, y se encuentra el remedio más eficaz para todos los males que nos afligen en la actualidad.
A la hora de nona también Cristo muere en Daimiel. Adorada la cruz y celebrada la Pasión litúrgicamente, prolongamos este momento con los hermanos del Santísimo Cristo de la Expiración y Nuestra Señora de los Dolores. Jesús respiraba profundamente a Dios hasta las junturas del alma. La expiración de Jesús no consiste sólo en poner fin a su vida, sino que nos trasmite su propia respiración divina. Expirar es echar fuera el aire o el espíritu que llevas dentro. Es por tanto, su mayor gesto de amor al darnos todo lo que tiene y entregarnos su mismo espíritu. Respirar a Dios es la salud y el aire de nuestra vida. A los “blancos” os reta una llamada especial para cultivar ese aire puro y limpio entre nosotros, para amar y proteger la vida, desde nuestro entorno natural y local, hasta el ser humano más incipientemente fecundado e inviolable en su dignidad. Vosotros podéis ser aire de Dios en nuestra ciudad, para sensibilizarnos en una Pasión por la vida y por la ecología, pues todo ha sido redimido por el Espíritu expirado del Crucificado. Bella y “blanca” Pasión que os reclama.
Y en la noche, los “negros” colocan al Santísimo Cristo del Sepulcro en el silencio y el luto mayor porque no existe mayor dolor. Un tono penitencial que no consiste en velar a un difunto, sino que nos posiciona al lado de un resucitado. Silencio ante ese misterio de amor que nos desborda. Silencio para afrontar la muerte. Silencio para que la fe nos aliente e introduzca en una vida nueva. Nuestra Hermandad tiene que ser especialista en el silencio y la oración. Orar con las familias que se encuentran sepultadas, que son víctimas de tantas formas de muerte, para que en esas oscuridades les alumbremos la fe y la esperanza. Orar y enseñar a orar porque la oración es causada y tiene su fin en el amor.
María no deja a su Hijo sólo en su Pasión. Le sigue por todas las esquinas. Pisotea nuestras calles siempre junto a la cruz de su Hijo. Nuestra Señora de la Soledad es compañía cercana en los momentos de angustia. Entre ladrillos y cemento, en esta era de la comunicación, cuyos medios te conectan con todo el mundo, muchas personas experimentan una profunda soledad. Jóvenes, adultos, y sobre todo, ancianos. “Corbatos”, en vuestra túnica impecable podéis añadir y coser un nuevo botón para lucirlo todos los días: El botón de la amistad y cercanía con quien se siente sólo y abandonado. La compañía y amistad es una de las medicinas más urgente que necesitan muchas personas para aliviarse. María de la Soledad, como verdadera y buena Madre, desea con mayor requerimiento que nos ocupemos de acompañar antes que a Ella a sus hijos, para sentirse Ella confortada.
Con María Desolada habla el silencio durante todo el Sábado Santo. Un silencio ambiental e interior, que coloca nuestro corazón meditativo en los dolores de esta Madre ayer y hoy. Este sí que debería ser el “día de la mujer” en la tierra, pues María es la única persona que, muerto su Hijo, sostiene viva la fe y la esperanza de toda la iglesia y la humanidad en esos tres días de “vacío de Dios”. Los hermanos capuchinos, desde vuestra fe y empeño, asumid el desafío de ser para las mujeres de nuestro pueblo el bálsamo consolador del evangelio. Hay madres, esposas, viudas, mujeres maltratadas, sin atención ni cariño. Muchas mujeres desoladas en un Sábado Santo interminable y doloroso. Es la ocasión de ocuparos y preocuparos por ellas con el mimo y la sensibilidad que tratáis estos días a María Desolada.
Y aquí sí hemos de reconocer la importancia histórica de la mujer en la iglesia y la sociedad. Y en concreto de la mujer daimieleña, decidida y emprendedora. No sólo ha puesto el dulce de las “flores” o repostería típica de esta época, sino que en momentos adversos, ha quitado mucho hambre, ha sostenido la fe y la esperanza, y, en silencio sufrido auténticas pasiones sobre sus espaldas, sin renunciar nunca a su maravilloso y decisivo papel. Esta admiración también aparece en la condena de Jesús, decidida por los hombres. Ninguna mujer se ve involucrada en su condena, ni tan siquiera indirectamente. Incluso la única mujer pagana que se menciona en los relatos, la esposa de Pilato, se disoció de su condena. (Mt.27,19.) Evidentemente Jesús muere por todos y por el pecado de todos, pero históricamente sólo las mujeres pueden decir verdaderamente: “¡Somos inocentes de la sangre de éste!” (Mt.27,24.)
Cada Semana Santa, este Cristo y esta Madre, nos acercan con mayor intimidad al corazón de su Pasión. Y los que sufren, los indefensos y los más pequeños son los primeros en experimentar su presencia y cercanía como una brisa regeneradora de vida y esperanza en esta pascua permanente de la historia.
A ti Cristo de la Luz, también Cristo del Consuelo, Cristo de la Expiración, Padre Jesús Nazareno, al Cristo de la Columna o al del Sepulcro ya muerto…

Este Cristo daimieleño, siempre es rostro de ternura, y aunque porta fe y cultura, lo que admira es el empeño de un Dios cuya locura es amar hasta el extremo

Igual que en Jerusalén, casi en cada cofradía, le acompaña por Daimiel su Madre Virgen, María.

Sale la de la Amargura, o la del Primer Dolor, la Virgen de los Dolores, la estampa de la Piedad, o la de la Soledad, y María Desolada.

Álbum de fotografías de la misma Dolorosa, que se parte cara y piel en búsqueda de sus hijos, como nuevos crucifijos en las calles de Daimiel

María de cualquier nombre. Amargura, Soledad, Dolores, de la Piedad, Desolada, ¿Qué más da?

¡Madre! ¡Madre, que el nombre da igual! Yo soy quien te hace llorar. No soy inocente, Madre. Yo sé bien crucificar, y abro heridas y calvarios a Dios en muchos hermanos y no quiero perdonar. ¿Te niegas a perdonar? ¿Qué Semana Santa, entonces, te propones celebrar?

Tira el capillo en la esquina y si quieres a esta Madre, rasga tu vida anodina y serás un buen cofrade.

¡Daimieleño: “Ahí tienes a tu Madre”!


La Pasión de Jesús en este nuevo milenio
Siempre queremos soñar y lo mejor está por venir. Sabemos que toda nuestra esperanza brota de este Crucificado. La tumba está abierta para siempre, y, “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Jesucristo). Su presencia gloriosa está garantizada. Es el don de su vida, una vida eterna, para siempre.
Pero su Pasión y muerte atraviesa también hoy nuestra humanidad. Su Pasión se propaga en una ausencia de Dios y una ausencia de justicia. Ausencia de Dios que nos lleva a vivir infelices, sin sentido, en una insatisfacción y tedio existencial que paraliza una dimensión trascendente. Y ausencia de justicia que provoca el crecimiento de la pobreza y somete a tantos pueblos crucificados, que en este tercer milenio encarnan el sufrimiento de Cristo en la historia, al igual que el “Siervo doliente de Yavé.”
“Si eres hijo de Dios baja de la cruz”, le gritaban, a punto de agonizar. No cayó en esa tentación espectacular y seductora. No, no bajes de la cruz hasta que no bajemos a tantos pueblos crucificados. Gracias por no bajar de la cruz, Cristo, pues sólo en ti encuentran sentido y esperanza los pueblos oprimidos.
La Pasión de Cristo ha roto todos los muros y fronteras que separan y dividen a los hombres. El viernes Santo pone en crisis todas nuestras certezas e intereses efímeros. En este nuevo milenio no podemos mirar y analizar al hombre sino es desde la solidaridad que brota de la cruz.
La Pasión de Cristo continúa sangrando en el corazón de nuestros pueblos. Este mundo nuestro, al que llamamos del “Norte”, enciende velas a Dios y coloca minas unipersonales bajo la arena de tantos pies desnutridos. Levantamos vallas y leyes para que no nos invadan furtivamente, sino que únicamente coman las migajas de nuestro banquete. Exportamos la guerra con argumentos defensivos y de seguridad. Toda una farsa y mentira. Como un Gólgota sigue sangrando Irak, Centro América, Oriente Medio, Afganistán, África. La pobreza aumenta su índice de crecimiento y mueren de hambre miles de niños sin pan, medicinas, vacunas, ni justicia… mientras se disparan los presupuestos en armamentos sofisticados.
Pregonar la pasión de Cristo hoy también nos conduce a reconocerle en tantas víctimas inocentes, como inocente fue Él, que les impedimos nacer, lavándonos las manos con argumentos o votos justificativos. El derecho a la vida como don de Dios continúa siendo inalienable y merece todo el respeto y protección. Un derecho a la vida que nos lleva también a proteger el medio ambiente y la creación pues la naturaleza entera ha sido asumida en la Pasión de Cristo para su liberación.
Nunca podremos separar la Pasión de Cristo y la Pasión de la humanidad. Lo que hagamos a uno de los más pequeños a mi me lo hicisteis. Queremos y decimos que “otro mundo es posible”. Yo creo que lo que necesitamos, más que otro mundo, es otro ser humano, un ser humano al estilo de Jesús que ame a este mundo, que crea en la justicia, que defienda a los más necesitados y que sienta y perciba al otro como un verdadero hermano, que cultive un alma mística y no materialista.
De nuestro pueblo, de Daimiel, que siempre ha sentido el latido de la Pasión de Cristo en sus propias venas, han surgido y surgen mujeres y hombres al estilo de este hombre, del Crucificado. En distintas profesiones y vocaciones ellos son el pregón más vivo y mejor entonado de nuestro pueblo en el mundo y contribuyen desde el amor, como Jesús, a invertir sus recursos y su vida al servicio de un hombre nuevo de una humanidad liberada como Cristo soñó.
A todos os deseo una feliz y gozosa Pascua de Resurrección.
Daimieleños: La Pasión de Cristo esté siempre grabada en nuestros corazones y en el corazón de nuestro pueblo. ¡Amén, Aleluya!
 

 
CONCIERTO SEMANA SANTA publicado el lunes, 17 de mayo de 2010
ACTO INFANTIL DEL DOMINGO DE RAMOS publicado el lunes, 17 de mayo de 2010
PREGÓN 2010 Y POSTERIOR CENA DE HERMANDAD. publicado el lunes, 17 de mayo de 2010
VI ENCUENTRO DE MÚSICA SACRA. publicado el lunes, 22 de marzo de 2010
Desde la Junta de Hermandades de Semana Santa, agradecemos a D. Juan José Moya Madrid, su trabajo fotográfico del VI Encuentro de Música Sacra, cuyas fotografías nos ha cedido .
CHARLAS CUARESMALES 2010 publicado el martes, 02 de marzo de 2010
GUÍA OFICIAL SEMANA SANTA 2010 publicado el viernes, 19 de febrero de 2010
EL CARTEL ANUNCIADOR DE NUESTRA SEMANA SANTA EN FITUR. publicado el martes, 26 de enero de 2010
RECONOCIMIENTO JUNTA DE HERMANDADES publicado el lunes, 11 de enero de 2010