REFLEXIONAR-EVALUAR-RECUPERAR UN IMPULSO NUEVO

(para afianzar el rumbo pastoral y abrir caminos nuevos)

 


Queridos sacerdotes, religiosos/as y seglares de toda la diócesis:

 

Al iniciarse un nuevo curso pastoral, siento la necesidad de comunicarme de nuevo con todos vosotros que, desde distintas responsabilidades, pero con idéntico espíritu y esfuerzo, trabajáis en la tarea de la evangelización. Personalmente, el curso pasado lo he vivido con una especial intensidad, ocupado preferentemente en la Visita Pastoral. Lo mismo sucederá con el que iniciamos. A los tres arciprestazgos ya visitados, se añadirá, durante el presente curso, otro grupo significativo (no creo que sea posible hacer la Visita a la totalidad).

 

            Con el estilo de Visita Pastoral (“sin prisas”) que voy realizando, vamos consiguiendo, en efecto, uno de los objetivos fundamentales de ésta, que es para mí la primera: un conocimiento cercano de las personas y de las realidades pastorales en las que trabajáis; al tiempo que nos ofrece la posibilidad de que vosotros me conozcáis a mí. Ponemos así uno de los cimientos imprescindibles para la comunión eclesial: que ninguno seamos extraños dentro de la comunidad que formamos. A los nombres, rostros y trabajos de los sacerdotes, voy uniendo los de religiosos y religiosas, y los de tantos seglares comprometidos en el día a día de la acción pastoral.

 

Cuando las impresiones se constatan...

 

            Muchas de las “intuiciones” y primeras impresiones que os manifestaba en mi Carta Pastoral de septiembre pasado, al iniciarse mi ministerio pastoral entre vosotros, las voy confirmando ahora desde el contacto personal y más reposado. Os decía entonces que mi impresión al incorporarme como Pastor a nuestra Iglesia de Ciudad Real era que “se trata de una Iglesia en camino. Una Iglesia sabedora de su origen (‘en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’), y de su meta: ‘caminamos hacia el Padre, en el Señor, por el Espíritu’. Conocedora, por tanto, de su condición de ‘peregrina’ y portadora de la Buena Noticia para los hombres y mujeres de esta tierra manchega. Una Iglesia consciente de su ser y de su quehacer; de su identidad y de su misión. Una Iglesia preocupada por el fortalecimiento de su fe, reclamando para sí misma una adhesión viva y personal al Dios revelado en Jesucristo; empeñada en ser comunidad de discípulos y comprometida en anunciar a todas las gentes las maravillas que Dios realiza en ella como gracia para el mundo”.

 

La evaluación del curso pastoral

 

            Esta vivencia corresponde a la triple línea que os habíais marcado ya para el trienio que ha terminado: desde Jesucristo, en la Iglesia, para el mundo. Desde esos tres ejes fundamentales, ha sido mucha la riqueza de reflexión y de acción con que se ha visto impulsada la pastoral.

 

En las distintas oportunidades que he tenido de evaluar con vosotros lo que ha supuesto la línea del último curso: para el mundo, y, en general, el conjunto del trienio, he podido percibir, como ocurre en toda evaluación, las cosas positivas y aquellas otras que os han dejado más insatisfechos.

 

q       Lo positivo

 

            Entre las cosas positivas, habéis subrayado la importancia de caminar todos por el mismo sendero, de tener un marco común, de haber tocado aspectos de hondura para la vida de las comunidades, de haber repasado teórica y prácticamente la identidad misma de la Iglesia y de los cristianos en este momento concreto de nuestra historia.

 

Desde el punto de vista metodológico, he podido observar una impresión positiva sobre el modo concreto de elaboración y presentación de estas tres líneas: sencillas y amplias; con una flexibilidad que permite la aplicación diferenciada a las diversas realidades de arciprestazgos, parroquias, movimientos y asociaciones. Y, por otra parte, facilitadoras de la coordinación de los mismos organismos diocesanos: de aquellos que han estado más directamente implicados en la línea de cada año, y del fortalecimiento de la acción del resto alrededor de ella.

 

En general, las acciones previstas a escala diocesana se han llevado a cabo y han sido abundantes las acciones programadas a escala arciprestal, parroquial y de otras instituciones eclesiales. He percibido en vosotros satisfacción general por el trabajo realizado: las tres líneas, al menos, “han sonado”. Luego, queda siempre la convicción de quienes trabajamos como instrumentos del Espíritu: “ni el que planta ni el que riega, sino el que da el incremento...”.

 

q       Lo negativo

 

Entre los aspectos negativos, el más frecuente me parece ser la sensación real de que todo se queda sin terminar. Una sensación de prisas, que ha llevado a clausurar la línea de cada año, cuando apenas había dado tiempo a iniciarla. Una sobreabundancia de reclamos nuevos, al tiempo que las comunidades tienen que continuar respondiendo a sus marchas normales. Esto, unido a la ya sabida reacción de que no todos nos “subimos al carro” de lo diocesano con la misma decisión y entusiasmo, hace que tengamos la impresión de haber dejado muchas cosas por el camino. Me ha parecido también percibir que la “escucha” de las líneas se iba debilitando a medida que se hacía más amplio su nivel de realización: más intensa a nivel diocesano, ha podido llegar a ser imperceptible en amplios sectores de base.

 

Al haber tocado, por otra parte, aspectos tan primordiales de la vida cristiana personal y comunitaria, queda en todos la impresión de “haber removido la tierra”, pero de estar todavía hoy, y por mucho tiempo, ante cuestiones pendientes. Se ha tratado, en efecto, más de recordatorios de actitudes permanentes que de proyectos puntuales. Quizás por eso, se han percibido con más intensidad las carencias del conjunto de nuestra pastoral, agravadas por el momento socio-cultural en que nos toca dar testimonio de nuestra fe.

 

He podido “leer” en vuestras intervenciones la convicción de que, terminado este trienio, sería un error de “lesa pastoralidad” pensar que se pueden dejar atrás, como temas ya tratados, los que han sido el núcleo de la orientación diocesana de estos tres años. Y un cierto miedo a que haya quien “dé carpetazo” a las cuestiones que han quedado abiertas tanto en la identidad cristiana de nuestro trabajo pastoral (cómo hacer cristianos y qué tipo de cristianos en el momento presente), como en la eclesialidad de nuestro trabajo (cómo fortificar y equipar al “sujeto” eclesial de la acción pastoral, reconociendo y promoviendo las vocaciones y servicios de toda la comunidad), sin olvidar que, como el mismo Jesús, nuestra Iglesia es “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”: una secularidad, que hace a nuestra Iglesia consciente de estar en el mundo como oferta y propuesta de salvación (cómo promover, acoger y acompañar desde ahí la vocación específica de los laicos, su santidad y su misión).

 

Mi incorporación en la tercera línea del trienio: “para el mundo”

 

Mi incorporación a la diócesis coincidió  con la puesta en práctica de esta última línea. Quizás por eso, me han resonado con más fuerza todas vuestras preocupaciones y deseos respecto al mundo de los laicos y de su tarea específica como cristianos en la Iglesia y en el mundo. Se unía, además, esta línea pastoral a lo que ha sido preocupación y trabajo personales en mi vida de sacerdote y de obispo.

 

Proponiéndoos andar el camino del curso pasado, os presentaba en mi Carta Pastoral algunas señales orientadoras: mayor empeño en reforzar la conciencia de misión; un des-centramiento de nuestras comunidades: de mirarse sólo a sí mismas hacia una serena y comprometida mirada a su alrededor; una pastoral más diversificada, desde la que hacía una especial mención a la implantación y acompañamiento de los movimientos de Acción Católica, ofreciéndoos ya entonces una clave de comprensión, al añadir: “así como de todos aquellos otros que están seriamente empeñados en la promoción y el acompañamiento de la presencia de los laicos en el mundo desde el espíritu del Evangelio”.  Quiero volver a subrayar aquella concepción amplia de los cauces de la promoción del laicado, por si, en nuestras sesiones de evaluación, alguien, personal o institucionalmente, ha podido sentirse excluido de mi atención y estima personal y pastoral. Os ofrecía una cuarta señal en nuestra capacidad de ofrecer el evangelio a los pobres, para terminar con la insistencia sobre la presencia “evangélica” de los cristianos en la vida pública.

 

La «fase diocesana» del Congreso sobre Apostolado Seglar

 

A este trabajo nuestro se añadió en el último trimestre del curso pastoral la fase diocesana del Congreso de la Iglesia Española sobre el Apostolado Seglar. A pesar de la premura del tiempo, se trabajó muy a fondo el cuestionario enviado a las diócesis, y de ese trabajo ha resultado un interesante e importante documento, que nos tendrá que servir de instrumento de trabajo en el futuro.

 

Al darse todas estas coincidencias en mi primer año de camino pastoral con vosotros, he sentido con mucha fuerza, como os decía, la preocupación por los laicos. Por su formación, por su organización y por su espiritualidad. Tanto, que no he perdido ocasión de manifestaros mis criterios y mi orientación en este campo. Como os podéis imaginar, no es mi única preocupación pastoral. Pero, dadas las circunstancias, es la que más me habréis podido notar. Por otra parte, me alegro  de que así haya sido. Creo, en efecto, que coincidimos en que nos encontramos ante un desafío de extraordinario calado para los próximos años de la vida de la Iglesia y de su misión en el mundo que nos ha tocado vivir. La voz que durante todo este curso pastoral nos habéis hecho llegar los propios laicos, nos confirma a todos en la importancia teológica y pastoral que vuestra presencia activa tiene en la tarea de evangelización.

 

La amplitud de preocupaciones pastorales

 

Aunque no haya tenido ocasión de expresarla con tanta insistencia, no es menor la coincidencia personal con otra preocupación que manifestáis también con fuerza y que he podido vivir en carne propia a la hora de intentar distribuir las responsabilidades pastorales entre los sacerdotes. Dadas las características geográficas y demográficas de nuestra diócesis, comenzamos ya a sentir con fuerza el problema de la escasez de sacerdotes. Como bien sabéis, la cuestión no es simplemente coyuntural. Puede reflejar, en efecto, una falta de “vigor” en la vida cristiana.

 

Si a la escasez de sacerdotes, añadimos la que sufre también la vida cristiana de especial consagración, estamos tocando un nivel en el que se agolpan las preguntas acerca de la “fecundidad” y “calidad” de vida cristiana que como Iglesia estamos llamados a promover.  El “acercamiento estadístico” a la realidad de nuestro presbiterio, que tuvimos presente en la última sesión del Consejo Presbiteral, nos ha de servir a todos como “punto de arranque” para una serena reflexión de futuro.

 

Sacerdotes, laicos y personas consagradas no son tres “cauces personales” independientes, por los que recorre la vida de nuestras comunidades; están estrechamente relacionados entre sí. Separarlos teológica y pastoralmente sería un error, aunque la metodología nos lleve a hacer especiales insistencias y acentuaciones. La teología y la pastoral de las vocaciones de especial consagración es otro de los ejes transversales que ha ido saliendo en nuestra evaluación. La mirada a nuestro Seminario Diocesano y la estima y promoción de la vida consagrada no pueden quedarse solamente en actitudes nostálgicas.

 

Somos todos conscientes de las dificultades específicas que provienen del momento socio-cultural en que nos ha tocado evangelizar. En nuestra evaluación hemos dejado constancia de ellas. He observado, con gozo, que no lo hacéis con espíritu derrotista o con una especie de nostalgia del pasado. Más bien descubrís en el momento histórico una llamada de confianza en el Evangelio como fuerza de salvación, y en el hombre de hoy como “posible oyente” de la Palabra de vida, a pesar de tantas sorderas personales o socialmente inducidas.

 

El realismo de vuestros análisis del momento socio-cultural no es acomplejado, ni andáis a la búsqueda de una respuesta voluntarista. Percibo en todos vosotros una sincera apuesta por el diálogo, en el que hacer la propuesta de la fe con convicción y desde la confianza de la fuerza humanizadora del Evangelio incluso para quien no le preste la adhesión de la fe.

 

UN AÑO PARA “AFIANZAR EL RUMBO  Y ABRIR CAMINOS NUEVOS”

 

En la revisión que hicimos al final del curso pastoral, pude descubrir que, para el próximo curso, se pedía, de manera muy general, lo que se vino gráficamente a llamar “un año de sosiego activo”, en el que, con tranquilidad y calma, afianzar el rumbo pastoral de estos años y abrir caminos nuevos; los que, entre todos, juzguemos necesarios para hacer posible la respuesta evangelizadora a desafíos nuevos que nos llegan desde fuera y desde dentro de la comunidad eclesial. Hago mía esta propuesta y quisiera con esta comunicación ayudar a la comprensión de este enfoque del año pastoral que comenzamos.

 

1. UN AÑO DE SOSIEGO

 

El “año de sosiego” no significa, por tanto, un “año de pasividad” o un año de “pereza pastoral”. Después del “esfuerzo eclesial” del Jubileo del 2.000, decía el Papa a toda la Iglesia algo que nos puede centrar en el significado del “sosiego”: “lo que hemos realizado en este año no puede justificar una sensación de dejadez y, menos aún, una actitud de desinterés. Al contrario, las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo... En la causa del Reino no hay tiempo de mirar hacia atrás y, menos aún, para dejarse llevar de la pereza... Es importante que lo que nos propongamos esté fundado en la contemplación y la oración... y que el misterio de Cristo sea el fundamento absoluto de toda nuestra acción pastoral” (NMI 15).

 

Precisamente el trienio que hemos acabado lo concebisteis, bajo la guía pastoral de D. Rafael, como un cumplimiento de la invitación del Papa: “necesitamos pensar en el futuro que nos espera... Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concreta. Es una tarea a la cual deseo invitar a todas las Iglesias locales... Es especialmente en cada Iglesia donde el misterio del único pueblo de Dios asume aquella especial configuración que lo arraiga en los contextos y culturas particulares... Es, pues, el momento de que cada Iglesia, reflexionando sobre lo que el Espíritu ha dicho al Pueblo de Dios..., evalúe su fervor y recupere un nuevo impulso para su compromiso espiritual y pastoral” (NMI 3).

 

q       Tres objetivos ”sosegados”

 

Tres objetivos muy propios para este “año de sosiego”: reflexionar, evaluar y recuperar un impulso nuevo. Conforme me voy adentrando en la vida de esta Iglesia, desde mi responsabilidad de Pastor, me doy cuenta de la intensidad de su vida, de los continuados esfuerzos por mantener su fidelidad al Señor y a los destinatarios del Evangelio, de su tesón por no desfallecer en los momentos de apuro, de su creatividad para afrontar el futuro, de su arraigo en el Señor para mantener siempre claras sus auténticas referencias.... El agradecimiento a Dios que ya manifesté al inicio de mi ministerio, lo repito con frecuencia en mi trato con el Señor. Es verdad: “¡me ha tocado un lote hermoso y me encanta mi heredad!”

 

Primer objetivo: Reflexionar

 

Precisamente porque habéis sembrado tanto, es preciso reflexionar. El último trienio ha estado cargado de reflexión. Tanta, que a algunos les ha podido saber a “indigestión”. En la evaluación he escuchado esta queja así como el deseo de un tiempo más sosegado para ir haciendo síntesis. Una “lluvia” tan abundante de materiales no encuentra siempre el campo abonado para el crecimiento. Pero la necesidad de reflexionar aún más no se debe sólo a lo apretado del último trienio.

 

A lo largo de este año y medio con vosotros, os he oído, en repetidas ocasiones y en circunstancias y lugares muy diversos, repetir con insistencia la convicción de haber llegado el momento de reflexionar con hondura sobre lo que estamos haciendo como Iglesia. Parece, en efecto, que en nuestra actividad pastoral damos por supuestas muchas cosas que, hoy, no son tan evidentes. En tres niveles me parece haber percibido esta preocupación: en el nivel de los agentes, en el nivel de los destinatarios y en el referido al modelo pastoral.

 

q       Reflexionar en los agentes

 

Respecto a los agentes de pastoral, la expresión más extrema de esta preocupación nos podría llevar hasta la pregunta sobre el vigor de su vida de fe. No es ningún disparate pensar que el ambiente que respiramos, en muchos aspectos no sólo lejano, sino activamente indiferente respecto a la fe, haga mella en el corazón de quienes intentamos hacer del Evangelio vivido un Evangelio entregado. Cuando “baja el tono” de la vida evangélica, comienza la pérdida de las “evidencias de fe” y, poco a poco, nos invade la rutina y el desconcierto. Desde las diversas situaciones en que nos coloca nuestra pertenencia a la Iglesia y desde el seguimiento de Cristo como estilo de vida, tendremos que reflexionar sobre el tono vital cristiano que tenemos, sobre la espiritualidad que nos sustenta y sobre la identidad más honda de nuestra “criatura nueva” en Cristo Jesús. No vaya a ser que, desde las exigencias de la organización pastoral, nos vayamos convirtiendo en un digno funcionariado de las cosas sagradas.

 

q       Reflexionar en los destinatarios

 

Será preciso reflexionar también sobre la situación de los destinatarios de nuestra acción pastoral. En la evaluación, también iban por aquí muchas de las preocupaciones. Se manifestaba, en efecto, la sospecha de que estuviéramos respondiendo con una pastoral de cristiandad a unos tiempos de post-cristianismo. Y que la mayor parte de nuestras energías y actividades pastorales estuvieran dando por supuesto que tenemos delante a “fieles cristianos”, cuando la cruda realidad nos hace caer en la cuenta de que, en muchas ocasiones, incluso quienes nos solicitan los sacramentos, especialmente los así llamados “de paso”, ni son fieles y, más allá del bautismo recibido, tampoco son cristianos.

 

Me parece que es ésta una de las disfunciones más graves de nuestra pastoral, sobre la que tendremos que reflexionar con sosiego. Sin nerviosismo y sin intransigencias. Con sentido de realismo y de “paciencia pastoral”. Con el sincero propósito de “no apagar la pábilo vacilante ni romper la caña cascada”. Pero, al mismo tiempo, con la suficiente clarividencia, pedida al Espíritu, para establecer prioridades pastorales que miren hacia el futuro y abran caminos viables de evangelización.

 

q       Reflexionar en el modelo

 

Se trata, en definitiva, de que, durante este año, reflexionemos en el modelo de pastoral que estamos llamados a levantar entre todos. Recordando de nuevo las palabras del Papa en Novo Millenio Ineunte, os invito a que lo reflexionemos “con confiado optimismo, aunque sin minusvalorar los problemas. No nos quedamos satisfechos, es verdad, con la ingenua convicción de que haya una fórmula mágica para los grandes desafíos de nuestro tiempo. No será una fórmula la que nos salve, pero sí una Persona, y la seguridad que ella nos infunde: ¡yo estoy con vosotros!” (nº 29). Al Espíritu de Jesús que “nos lleva al conocimiento pleno de la verdad”, le tenemos que pedir que de esa Persona no hagamos tampoco una fórmula mágica y que la seguridad no la convirtamos en una coartada para la pereza espiritual y pastoral.

 

Segundo objetivo: Evaluar

 

q       Evaluar desde el Espíritu

 

            El segundo verbo para llenar el sosiego es evaluar. Caería en contradicción con el sosiego, si con este verbo quisiera impulsaros a una especie de revisión pastoral que, por otra parte, ya hicisteis hondamente con motivo de la Reflexión Pastoral Diocesana, coincidiendo con la preparación del Jubileo del 2000. Se trata, en efecto, de preguntas más sencillas. Dos de nuestros documentos recientes nos pueden ser de ayuda. Ya he hecho referencia a ellos: el Resumen narrativo de la fase diocesana del Congreso sobre Apostolado Seglar y el Acercamiento Estadístico a la situación del Presbiterio Diocesano. Ambos son documentos sugerentes. Su lectura atenta y la comunicación mutua que suscitan nos hacen encarnar la evaluación en nuestra situación concreta.

 

No son documentos para la curiosidad, lo son para la apertura: ¿qué nos quiere decir el Espíritu a la Iglesia de Ciudad Real desde esta situación concreta? Así de sencillo y así de exigente. El mejor síntoma de una buena evaluación sería percibir que el Espíritu nos habla desde las situaciones concretas que vivimos. “¿Qué quieres, Señor, de nosotros?” “Habla, Señor, que tus siervos escuchamos”.  Se trataría de que afinásemos el oído interior para educarlo en la escucha de la voz del Espíritu a su Iglesia.

 

q       Evaluar orando

 

 Os convoco, por tanto, a una evaluación orante. Repasarlo todo, pero no desde la simple organización. Repasarlo desde la oración que, convertida en experiencia personal, “es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque, volviendo continuamente a las fuentes, se regenera en ellas” (NMI 32). La oración acostumbra nuestros ojos a ver la realidad desde los ojos de Dios. También la realidad de la Iglesia y  nuestra tarea pastoral. La “evaluación orante” entra de lleno en el espíritu de sosiego que queremos dar al curso pastoral que iniciamos.

 

Recordándonos la “primacía de Cristo y, en relación con Él, la primacía de la vida interior y de la santidad”, la oración nos da un principio interior de evaluación que no podemos aparcar: “cuando no se recuerda este principio, ¿ha de sorprender que los proyectos pastorales lleven al fracaso y dejen en el alma un humillante sentimiento de frustración? Hagamos la experiencia de los discípulos en el episodio evangélico de la pesca milagrosa: ‘Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada... en tu palabra echaré las redes’ (Lc 5,5,)” (nº 38).

 

Tercer objetivo: Recuperar un impulso nuevo

 

q       Desde el Señor Resucitado

 

 La tercera propuesta para llenar el sosiego la he formulado también con palabras del Papa: recuperar un impulso nuevo. Algo así como abrir los pulmones para que entre aire fresco en el interior. Un impulso nuevo para continuar el camino. El curso pastoral que iniciamos no es, por tanto, un parón en la dinámica de nuestra Iglesia. Es una invitación a “respirar hondo”. Llegando a “gustar” interiormente de la certeza que nos proporciona la presencia del Señor Resucitado: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). “De esta certeza debemos sacar un renovado impulso en la vida cristiana, haciendo de ella la fuerza inspiradora de nuestro camino. Conscientes de esta presencia del Resucitado entre nosotros, nos planteamos hoy la pregunta dirigida a Pedro, en Jerusalén, después de su discurso en Pentecostés: ‘¿qué hemos de hacer, hermanos?’ (Hch 2,37)” (NMI 29). No debemos tener miedo a hacer cosas nuevas. Debemos entrenarnos a “conjugar el verbo renovar”. Este año nos debe “templar en el Espíritu” (que diría San Juan de Ávila), para hacerlo no por esnobismo, sino desde la necesaria fidelidad.

 

q       Desde el modelo de Emaús

 

 ¡Qué hermoso sería hacer todos la experiencia de los discípulos de Emaús! Sentirnos acompañados por Cristo cuando, a veces, probamos internamente la frustración de muchas esperanzas: “¡nosotros esperábamos..., y ya ves...!” ¿No es ese el relato de muchas de nuestras experiencias pastorales? ¿No es esa la impresión dolorosa que tenemos en estos tiempos recios para le fe? La recriminación de Jesús, que bien podría ser también para nosotros: “¡qué torpes sois y qué lentos para creer lo que anunciaron los profetas!” La recuperación del impulso nuevo tiene también ejemplo en la reacción de aquellos discípulos frustrados: “¿no estábamos en ascuas mientras nos hablaba por el camino, explicándonos las Escrituras?” (cfr Lc 24,13ss).

 

“En ascuas” nos pone sólo el encuentro vivo con el Resucitado. ¡Qué hermoso sería ahondar este año en la dimensión permanente de todos nuestros programas pastorales! En la dimensión personal, porque “no se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar para vivir con él la vida trinitaria y transformar con el la historia... Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura, para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz” (NMI 29).

 


2. UN AÑO DE “SOSIEGO ACTIVO”

 

Cuando, después de haberos escuchado en la evaluación del curso anterior, me decidí por la opción del “sosiego activo” para el curso que iniciamos, lo hice consciente de que recogía dos sensibilidades (como se dice ahora): la de aquellos que proponían un tiempo de asimilación más serena, bien de todo el trienio anterior o de la última línea, y la de aquellos otros que percibían en el “sosiego” una especie de parón de nuestra dinámica eclesial, al amparo, además, de mis ocupaciones en la Visita Pastoral. Creo que con esta fórmula mixta que, por otra parte, es sugerente, se sale al paso de las dos sensibilidades. Al tiempo que tenemos la ocasión de terminar cosas que se han quedado a medias y de acompasar los ritmos de todos, acojo la sugerencia de que, como actividad común, nos propongamos el equipamiento personal y eclesial para darnos al inicio del curso 2005-2006 un nuevo marco de acción pastoral en toda la Diócesis, desde el que poder desarrollar nuevas líneas pastorales (trienales o quinuenales).

 

 Para conseguir los tres objetivos “sosegados” que os propongo en la primera parte de esta comunicación, os sugiero:

 

1. Crear una Comisión de trabajo, presidida por el Vicario General y compuesta por los miembros de las Comisiones Permanentes del Consejo Presbiteral y del Consejo Pastoral Diocesano (los miembros de estas Comisiones Permanentes que, a su vez, son encargados de Organismos o Instituciones diocesanas, asegurarán, el punto de vista de estos Organismos. Son, en concreto: El Delegado Episcopal de Liturgia, el Delegado Episcopal de Apostolado Seglar, el Director de Medios de Comunicación, el Vicerrector del Seminario) y dos arciprestes, miembros del Colegio de Consultores. Actuará de Secretario Ejecutivo y de Actas, el Secretario General del Obispado. Para agilizar su trabajo, la misma Comisión verá si es conveniente dividir sus tareas por “equipos de trabajo”, presididos por alguno de sus miembros.

 

2. Con el fin de hacernos participar a todos en la elaboración conjunta del “marco diocesano de acción pastoral” para los próximos años, encomiendo a esta Comisión:

 

2.1. la elaboración de materiales de trabajo y de aportación, basados en:
2.1.1. el “Resumen narrativo de la situación del Apostolado Seglar en nuestra Diócesis”. Aparte de la importancia del Apostolado Seglar hoy y para el futuro, el documento abarca muchos más aspectos que los directamente relacionados con el apostolado de los laicos. Recoge, en efecto, mucho de las apreciaciones de la gente sobre el momento pastoral de nuestra Iglesia.

2.1.2. el documento de “Acercamiento Estadístico al Presbiterio Diocesano”. Se trata, en efecto, de “números con rostro” personales y pastorales. Partiendo de lo más inmediato, se suscitan cuestiones de mucha importancia para el futuro de la vida cristiana en nuestra Iglesia.

2.1.3. El “Reordenamiento del servicio pastoral” de 1984 y los diferentes documentos de sucesiva aplicación.

2.1.4. Los Directorios pastorales y documentos similares del último período. Un buen resumen de todo este material se encuentra ya elaborado en el trabajo que encargó D. Rafael a “nuestros canonistas”.

 

2.2. Organizar el sistema de estudio y de aportaciones a las cuestiones fundamentales que se planteen en estos materiales.


2.3. Identificar, desde las aportaciones de todos, las acciones diocesanas “mayores” que, desde los materiales estudiados y desde la experiencia pastoral de estos últimos años, haya que emprender en los años venideros (a corto, medio y largo plazo).

 

3. Aparte de elaborar los materiales de trabajo y de la recogida y organización de sus resultados, la Comisión se encargará también de la presentación y seguimiento de esta actividad, durante el presente curso pastoral. En el mes de mayo de 2005, me presentará los frutos de este trabajo de todos.

 

Una búsqueda conjunta

 

Se trata, en efecto, de ponernos en actitud de búsqueda conjunta del rumbo que tengamos que dar al conjunto de la acción pastoral, a las instituciones y cauces que la sirven (en la evaluación salía también la actualización del “Reordenamiento del servicio pastoral”, del año 1984), y a los recursos materiales y humanos de que disponemos (sacerdotes, religiosos/as y seglares).

 

Quiero que, en esta búsqueda conjunta y en las acciones pastorales que de ella se deriven, se implique toda nuestra Iglesia. En la medida en que sometamos a estudio de todos los miembros de las comunidades eclesiales los distintos materiales, y me ofrezcáis todas vuestras aportaciones y sugerencias, estaremos en condiciones de redactar un documento vivo que concrete, desde la hondura de planteamientos y decisiones,  un Plan Pastoral para los próximos años.

 

La idea central de esta aportación común nos la ofrece el mismo Código de Derecho Canónico, al concretar “jurídicamente” la participación de todos (sacerdotes, religiosos/as y seglares) que proclama el Concilio Vaticano II: «mas lo que afecta a todos y a cada uno, debe ser aprobado por todos». (cfr. CIC c. 119)

 

Todos nos debemos implicar, pues, en el estudio de los distintos materiales y en la  respuesta a los cuestionarios oportunos, porque a todos nos afectará después el plan de pastoral que proclamemos y los cauces concretos que arbitremos.

 

La puesta en marcha de todo este trabajo conjunto durante el próximo curso y sus repercusiones de futuro, me han frenado a la hora de tomar ya algunas decisiones. Viéndolas personalmente claras, no hemos tenido, sin embargo, el tiempo suficiente para discernirlas eclesialmente. Mi confianza en el curso que iniciamos es, por tanto, grande. Al tiempo que continuaré con el conocimiento cercano y directo a través de la Visita Pastoral (¡agradezco a Dios una tan sabia institución de la Iglesia!), estoy seguro que nos servirá para este discernimiento eclesial.

 

“A Dios rogando...”

 

 Trabajando así, no estamos negando para nada la principalidad de la acción del Espíritu como el agente primero de la Evangelización. Es más bien una manifestación concreta de nuestra fe en la Encarnación (cfr NMI, 3) y un ejercicio práctico de eclesialidad. Lo recordaba Juan Pablo II: “exhorto ardientemente a los Pastores de las Iglesias particulares a que, ayudados por la participación de los diversos sectores del Pueblo de Dios, señalen las etapas del camino futuro” (NMI 29). Es una tarea imprescindible para que “el único programa del Evangelio siga impregnando la historia de cada comunidad eclesial, como ha sucedido siempre. En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas – objetivos y métodos de trabajo, de formación y preparación de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios – que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente, mediante el testimonio de los valores evangélicos, en la sociedad y en la cultura” (NMI 29).

 

 Al iniciar nuestro nuevo curso pastoral, comparto con todos vosotros esta esperanza y la alegría de nuestra llamada a ser testigos del Señor Resucitado hasta los confines de la tierra.

 

 Vuestro Obispo Antonio